Conversación inédita con Piglia

Río Belbo

Entrevista anónima y coral a Ricardo Piglia
Ricardo Piglia fotografiado por Nicolás Celaya (la diaria, 2010)

Durante junio y julio del 2010 Piglia dictó en el Malba el ciclo de cuatro conferencias titulado “Nuevas tesis sobre el cuento”. Al final de cada reunión los asistentes le hacían preguntas, a las que Piglia respondía bosquejando con la voz brevísimos ensayos en el aire. En esta nota, debidamente contextualizada, una selección de estas idas y vueltas entre el autor y sus lectores.

Una ilusión de cercanía

Por Fidel Maguna

Dos años después de la muerte de Ricardo Piglia tuve el privilegio de asistir a cuatro clases suyas. Me explico: mi amigo Ciro Korol, a comienzos del 2019, encontró en un viejo MP3 las grabaciones que tomó de las cuatro conferencias que el escritor dictó durante 2010 en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba); unas siete horas de la voz de Piglia (quien volvía a vivir en…

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Campo adentro de Luisa Gómez

MasticadoresRomantica&Eros Editora: Paula Castillo Monreal

lawrencecreation

Cargo con el azul intenso del cielo en las pupilas. Sin edificios al frente ni el gris del pavimento resonando en los oídos. Abandoné las ventanas altas que antes buscaba para alcanzar a ver las montañas; me escondí entre estos cuatro muros que no existen, que dejan colar los sonidos de los pájaros y de las ranas, que dejan salir las nostalgias y consienten los fantasmas que vuelven cada tarde a visitarme.

Me fui de la ciudad en un enero soleado para entregarme al campo que siempre aparece lejano. No volví a ponerle correa a los perros ni a los pensamientos. Se me olvidaron los zapatos de cuero siempre lustrados y las chaquetas de bleizer bien cuidadas; los cambié por los tennis y las botas de caucho, por las camisetas con cuello para que el sol no queme la nuca, las ruanas al final de la tarde y las…

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Conmemoración

MasticadoresRomantica&Eros Editora: Paula Castillo Monreal

De Luisa Gómez

Foto de Stitch Therapy

Veinte años después, como la primera vez, en un segundo piso, estática, paralizada, agarrada a la baranda que rodea la escalera, oye una voz que la llama, voz de mujer que lanza alaridos desde la primera planta. Esta vez, los gritos son acompañados por el llanto salvaje y desgarrado de una niña… su hija de seis meses que no calla. María -la nana dedicada que da de comer a su hija, que acuesta a su hija, que cambia a su hija- grita su nombre y cada decibel que aumenta se inserta en su columna vertebral dejándola aún más inmóvil, primero de cera y luego de piedra.

—¡Doña Diana! ¡Doña Diana!

Y el «Diana» se pierde entre los muros, se distorsiona pegoteándose en las paredes, las letras se deshacen como serpientes a lo largo del pasamanos de madera que asegura la escalera; Diana

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El deseo de escribir algo, Juan José Saer

Calle del Orco

Por el gusto de escribir algo: después de muchos día de silencio escritural me ha asaltado en el baño, mientras me lavaba las manos, antes de irme a acostar, el deseo de estar, a la luz de a lámpara, escribiendo. Deseo de escribir; no de decir algo. Pero deseo, también, de escribir en tanto que escritor: sin que ninguna razón, como no sea el deseo de estar a la luz de la lámpara, escribiendo, haya motivado mi acto. Mecerme en el equilibrio infrecuente y perecedero de la mano que va deslizándose de izquierda a derecha, oyendo los rasguidos de la pluma sobre la hoja del cuaderno, victorioso por haber comprendido por fin que el deseo de escribir es un estado independiente de toda razón y de todo saber, liberado de toda exigencia de estructura, de estilo o de calidad, y lleno del silencioso clamor de las palabras que no son…

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Muda de piel de Luisa Gomez

MasticadoresRomantica&Eros Editora: Paula Castillo Monreal

Francis Bacon

Se ven las manos luchando contra la membrana, desplazándose como serpiente dentro de su propia piel, intentando deshacerse del colgajo, del resto, el deshecho, lo que sobra; eso que huele mal, que se ve mal, que no luce. Lucha con su propia mierda que ya no reconoce suya.

Asfixia. Los pulmones parecen no haberse desarrollado, del todo, nunca; siempre respirando a medias, como si el oxígeno que le hubiera sido designado en la entrada a la Tierra fuera una porción mínima, apenas la necesaria para mantenerse viva. Siempre su tórax en movimientos rápidos, sube-baja, sube-baja, sin descanso, queriendo robar otro tanto de aire para expandirse un poco.

En las noches el cuerpo le pica; la piel seca que ya ha debido caer sigue adherida, rasca, incomoda. En el intento por apaciguar el prurito termina por lacerarse, pequeñas heridas que se hurga para encontrar el verdadero cuerpo… en la…

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LA MUJER JUSTA

Entró cautelosamente en medio de la noche. Tomó un libro. A la vista, la hiancia entre Los amores ridículos y la Carta al padre.

J.L.


ELEMENTAL

Fue hace diez años y unos cuantos días. Atravesé la multitud, corrí en una calle que había sido la de todos los días y ese día se me aparecía calle de Hollywood en pleno dolor latino.

La carne era carne aquella noche y estaba adornada por el olor del fuego; en otros momentos ese mismo olor me abría el apetito. En medio de la noche, allí donde todo parece sueño, los cadáveres intentaban borrarse los nombres y yo insistía en reponerlos, tal vez -es probable- para conservarlos con vida.

Los cuerpos se diluían y dejaban a la vista el material horrendo del que estamos hechos. Voces confundidas hacían susurros y ecos, mareas de voces atorrantes que describían un vacío en torno mío, mío y de esos cuerpos que ya no eran, que eran nombres que amenazaban con desaparecer también.

Un silencio confuso aparecía para quedarse y la escena de la ceniza era atravesada entonces por el humo de mi cigarrillo. Un sorbo de agua para saber que vivo, otra bocanada de humo porque hemos muerto.


FAMILIARIDAD

Anda encontrando, ignorante, ocultos urdimbres.
Fastidiosos epitafios repiten ¡No! anulando novelas de alguien.
Lamento oficiosamente zángano arrebata ‘nuncas’ obvios.
Libera gritos.

Jirones seis, brutalmente caen.
Dice: encadenado.


ENCUENTROS FAMILIARES

Una tarde más en medio de los adultos de siempre: el abuelo y la abuela cada uno en un extremo de la sala, la tía Concepción dando órdenes a los tres primos gorditos y groseros que no le hacían caso a la abuela -¡Que no griten!-, el tío Edmundo que no hablaba y ante los gritos de Conce torcía un poco la boca y volvía pronto a quedar dormido, papá que hablaba y hablaba, y mamá que me indicaba con tono suave qué debía o no hacer yo en cada uno de los momentos de la acostumbrada reunión familiar.

Lo mejor venía en la noche; ya los adultos se ocupaban de ellos y nos dejaban corriéndole a la mano peluda, escondiéndonos en los rincones misteriosos de una casa que de día era segura y cálida, comiendo y bebiendo la gaseosa y el dulce que había sido prohibido durante todo el día. Cuando ya nos íbamos quedando dormidos y el primo Ernesto y yo éramos los únicos que seguíamos con los ojos abiertos ante el televisor, empezaban a escucharse esas risotadas que me asustaban y me gustaban. Entre palabras prohibidas para nosotros los niños y chistes entre comprensibles y extraños, lograba diferenciar el tono de cada risa, imaginar el rostro de cada uno en medio de la escena en que los niños éramos prohibidos.

No sé muy bien si para compensar el olvido en que nos hallábamos o buscando en la risa esa risotada; Ernesto y yo cerrábamos los ojos -a veces él primero, a veces yo- y sacándonos aún más de esa escena, suponiéndonos dormidos, -a veces él primero, a veces yo- metíamos la mano entre las piernas del otro y el escalofrío se combinaba con las risas y hacía calor y apretaba los ojos y sin saber cómo, seguíamos dormidos hasta que nos vencía el sueño.


ASÍ FUE

Era un hombre bueno. Yo lo quería; lo extrañaba cuando en la noche tardaba en escuchar su llave en la puerta; si me quedaba viéndolo algunos segundos se me escapaba una sonrisa corta que me permitía volver a lo que me ocupaba antes de haberlo percibido a mi lado. Era así… Un hombre bueno.

El día que se fue; mejor, el día que desapareció, en la mañana sentí que me fastidiaba, cuando el despertador sonó, abrí los ojos y ahí estaba su cara, así como siempre, como todos los días desde hacía veinte años. No quise despertarlo, no por consideración con su cansancio sino más bien porque no quería tener que besarlo, no quería escucharle la voz dormida, no lo quería así. Me levanté con cuidado y empezó mi día. Mientras me vestía, lo veía ahí dormido, casi muerto. Con la última cucharada de cereal, escuché las suelas de sus chancletas sobre el suelo; rápidamente llevé los platos a la cocina, entré al baño del corredor y cogí mi bolso calculando mi salida de la casa antes que su salida del baño. Chao, gordo, te veo en la… Justo en ese momento se abrió la puerta del baño con cierto afán.

¡No te ibas a despedir? Y se lanza hacía mi cuerpo con toda su noche encima.

Atino a decir ¡Tengo afán! ¡Tengo afán! Mientras me despego de sus sueños.

No lo quise mirar. Alcancé sin embargo a percibir su silueta vacía sin mí entre sus brazos; se quedó así, quieto, vacío, como estatua.

Al gordo ya no lo vi en la noche; al gordo ya no lo volví a ver. Lo encontraron en el baño del centro comercial, así, todo muerto, así, como se encuentran los muertos, así, todos escurridos, solos, como dormidos sin sueños.